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Category Archive: Relatos

Reto de Literup #4: Deus ex Machina

Relato Deus ex Machina

Escribe un relato que termine con un mayúsculo Deus ex machina.

 

—¿Por qué, Nafeesa? ¿Por qué no puedes ignorar todos esos pensamientos que no llevan a ningún sitio? ¿Por qué no puedes relajarte y contemplar estas hermosas vistas? No hay lugar más hermoso en Tierra que las Cataratas Victoria. ¡Mira esa tonalidad de verde! ¿Acaso has visto un color semejante en los jardines sintéticos de los barrios burgueses? ¿O en ese atropello que se atreven a llamar reservas de la biosfera? ¡No! Lo que tenemos delante es un vestigio del mundo antiguo, antes de la guerra contra los impíos, antes de las industrias y del Almirante. Y tú vienes a este lugar de paz y belleza esgrimiendo palabras funestas que nunca se verán cumplidas.

—¡Es traición, Prusak! No hay duda alguna de que tus actos serán considerados colaboración con los impíos. ¡El Dios Máquina lo descubrirá!

—Traición, dice la ignorante. ¿Quién crees que paga esas elegantes ropas de lana auténtica que llevas y esos zapatos adornados con diamantes de la madre naturaleza? ¿Crees que tu bienestar se debe a tu conocimiento de las leyes? Bien podrías estar limpiando pernos, como otros. Posees riqueza porque yo lo he decidido, porque así es como recompenso a quienes trabajan con diligencia. No pierdas tiempo con esas nimiedades y vuelve a tu puesto. Revisa las indemnizaciones por despido de los estibadores de Fobos, las últimas cifras eran intolerablemente altas.

—No se trata del dinero, Prusak, sino de nuestras almas. Te pido, te suplico, que dejes a un lado este oscuro camino antes de que el daño sea irreparable.

Reto de Literup #19: La ballena

Relato "La ballena"

Escribe un relato cuyo personaje atormentado solo vea el suicidio como solución.

Jonás fue empujado frente al Concilio de Ancianos y el duro suelo de hueso golpeó sus despellejadas rodillas. Ni siquiera intentó apretar los dientes para evitar gritar de dolor; en ese momento le daban igual las apariencias, el respeto a los mayores o su propia dignidad. Sentía el cuerpo de la ballena apresándole.

Yo solo quería ver el cielo estrellado —dijo antes de que nadie se dirigiera a él.

Los miradas de aquellos que gobernaban desde la cabeza de la ballena le observaron. Ninguno de los siete asientos del Concilio estaba vacío: tres eran ocupados por ancianas, otros cuatro por ancianos. Solo una de las ancianas no llevaba barba de algas; como representante de los cautivos, renegaba del credo de los elegidos y su estrambótico aspecto. Los asientos estaban manufacturados con hueso de ballena, extraído siguiendo los ritos de súplica a Yamya. Los miembros del consejo discutían entre ellos de forma acalorada, los gestos de sus manos eran enérgicos, furiosos.

Me dijeron que era hermoso —realzó, impregnando su voz con la pasión de quien anhelaba lo desconocido—. Mucho más que Tierra Seca. Un cielo negro, cubierto de puntos brillantes y colores nunca vistos dentro de la ballena.

Reto de Literup #2: El bar del fin del dolor

El bar del fin del dolor

Segundo relato para el Reto de 52 relatos de El Libro del Escritor

Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.

Las luces se alternan en una sensación confusa. Embriagan con sus naranjas ruidosos y sus silenciosos rojos. Huele a verde. La chica aspira el sabor de la música y sus manos aferran el cóctel de sueños. «¿Por qué lo hago? Me está matando». Da un sorbo sin poder evitarlo y vuelve a dejar la copa sobre la barra del bar. ¿Qué acaba de pensar? Algo importante, pero no lo recuerda. Sus ojos recorren su brazo desnudo hasta su hombro, también desnudo. La ausencia de colores en su ropa le indica que no lleva ninguna.

—¿Dónde…?

—Te voy a pedir una copa más fuerte —dice una voz cercana, pastosa como la de un borracho—. Estás demasiado consciente.

Ella no entiende qué significa eso pero se opone.

—No. —Su propia voz es también pastosa, como si estuviera ebria. Siente un hormigueo azul en la punta de los dedos—. ¿Qué está pasando?

—Te estoy pidiendo una copa —repite. Es un hombre—. Paga el Estado.

—¿El Estado? —pregunta en gris confuso. De repente, todo se vuelve claro—. ¡No! ¡No quiero morir!

Reto de 52 relatos de El Libro del Escritor

Un relato a la semana

Esta entrada llega algo tarde. A toro pasado, podría decirse. Esta semana he publicado el primero de los relatos que tengo previsto escribir este año. ¡Y no había por qué! Bien, ya va siendo hora de en qué consiste esto de el reto de relatos.

Reto de 52 relatos de El Libro del Escritor

Imagen: El Libro del Escritor

En algún lugar leí que Ray Bradbury nos desafiaba a escribir 52 relatos malos. A ver si éramos capaces de que TODOS fueran malos. La web de El Libro del Escritor ha propuesto un reto semejante. Todo el que quiera puede participar en su reto de 52 relatos para este año. Yo también. Como estoy tan centrado en la investigación y el worldbuilding de mis próximos proyectos parece que me estoy oxidando en lo que a narrativa se refiere, por lo que aceptaré cualquier ayuda para solventar este problema. Así que un relato es algo adecuado. Es corto, parte de una chispa de imaginación y lleva poco tiempo escribirlo. Si solo quieres practicar, claro.

Por ello he decidido apuntarme a este reto y ver qué sucede. Como el objetivo es desengrasarme, voy a tratar de darle una vuelta de tuerca a las actividades propuestas para conseguir que los relatos sean de ciencia ficción. Todos ellos. Deseadme suerte con algunos, como el 8 y el 12.

Y si alguno quiere apuntarse, ¡es más que bienvenido!

Reto de Literup #1: Autómatas sin alma

Autómatas sin alma

Reto número 1: Escribe un relato que comience en un día de Año nuevo.

 

Insertó el proyectil en el cañón y cerró la recámara.

Las luces se pusieron en verde y el cargador dobló la espalda, agotado. Era un cansancio que nada tenía que ver con los movimientos que debía hacer sino más bien con la naturaleza de su insignificante trabajo. Si uno se tomaba la molestia en limpiar la mugre de su placa de identificación allí podía leerse un Asistente de artillero delante de su nombre. Ni siquiera era artillero. No. Ese trabajo estaba reservado para las máquinas.

El hombre se apartó con cuidado cuando el cañón se orientó e hizo los preparativos para hacer fuego; listo para unirse a sus estruendosos hermanos. La luz pasó del verde al ámbar de advertencia y permaneció parpadeando. La guerra no era más que una sucesión de colores: las luces piloto de los sistemas de armas, los puntitos luminosos en el radar o las luces que se apagaban en la cara oscura de la Luna.

La jubilación en las lunas de Júpiter

La jubilación en las lunas de Júpiter

Gulika no podía quejarse de la confortable media gravedad de desaceleración que el Senior VI mantenía de forma constante. Los últimos seis días habían sido una de las experiencias más gratificantes en más de una década. Los largos años de miedo a caerse todavía le marcaban unos pasos inseguros y mantenía las manos muy cerca de la pared del comedor por si acaso; pero nadie podía negar que estaba caminando. Ella sola.

Ankur la vigilaba desde su asiento, los puños firmemente apretados en el reposabrazos, listo para saltar a la más mínima señal de que Gulika fuera a caerse. No iba a hacerlo. Le dedicó una sonrisa tranquilizadora a su marido y agitó las manos de forma pausada para demostrarle que tampoco hacía falta que se apoyara para mantenerse en equilibrio.

Al otro lado del comedor, la Informante de Travesía sonreía condescendiente. No era la primera vez que viajaba a Io.

—Es increíble, ¿verdad? Lo que un cambio de gravedad puede hacer por nuestros huesos.

—Cero coma cinco ge —suspiró Gulika. La voz le salió natural, como si no hubiera hecho el esfuerzo de haber estado la última media hora en pie. En Tierra le hubiera sido imposible—. ¿Y en Io la gravedad es de cero coma dos?

—Un poco menos —dijo la informante. Sus dos pies se despegaron ligeramente del suelo cuando avanzó hacia Gulika. Era demasiado alta para ser terrana—. Haciendo un cálculo de cabeza, usted pesará unos diez u once kilogramos.

Gulika se quedó boquiabierta como si fuera una chiquilla viendo su primera nave despegar. Diez kilogramos. El sueño de una anciana de huesos martillados por el trabajo.

Las cadenas de ayer

Las cadenas de ayer

No nos culpes. Una vez la superficie fue nuestra. El viejo Odo siempre me describía un cielo que era azul y unos mares que no estaban teñidos de rojo. ¿Tú lo has visto, señor del sol? Hablaba de los pájaros que nos miraban con desprecio antes de que nuestras torres se alzaran hasta las nubes y de plantas que crecían a los pies de rocas más grandes que una cúpula. ¿Sabes de lo que hablo, señor del sol?

También recordaba lo malo. El fuego que llovía del cielo y la lluvia que tornaba gris la piel. Hablaba de los gritos de quienes se deshacían por dentro hasta que vomitaban sus órganos. Nos habló de vuestro nacimiento, aquellos que hicieron lo necesario para sobrevivir. Al principio os despreciaron, luego os envidiaron. Vuestra gente se reproducía a medida que la nuestra menguaba. Cada vez más aterrada, cavando más y más en la tierra, huyendo del sol. Tú nos has visto, señor del sol.

Cuando tu gente se nos acercaba, nos preguntaban por qué eramos diferentes. ¿Por qué solo dos brazos? ¿Por qué todos tan extraños? Y nosotros agachábamos la cabeza, demasiado temerosos para deciros que vosotros erais los monstruos. Concebidos bajo la radiación que nosotros lanzamos sobre la vida.

Es el destino del hijo, cargar con los errores de sus padres.

No tardasteis en reclamar venganza y el viejo Odo fue de los primeros en sentir el peso de las cadenas. Pero todavía recordaba lo que era no haberlas llevado alguna vez. Deliró mientras moría, pidiendo que le ajustáramos los guantes porque tenía frío. Acariciaba sus cadenas, esperando que le protegieran del invierno. Murió sin recordar los turnos, los golpes o las cuotas. La muerte le hizo libre. ¿Puedes entenderlo, señor del sol?

Doméstico (Concurso de Navidad de Zenda)

Doméstico

Tal es la cantidad de regalos para los familiares, sean estos lejanos u odiados, que incluso el amo ha tenido que dignarse a llevar una de las bolsas. No una cualquiera. El carísimo logotipo estampado en ella es muestra suficiente del gran valor de su contenido, pero el amo se asegura de recordárselo a todo el que reconoce por la calle. El desafortunado es uno de sus empleados.

—Exacto. El último modelo. Sé que no está previsto su lanzamiento hasta la primavera pero tengo contactos que…

Su interlocutor asiente con frecuencia, sonriendo para ocultar cómo la envidia le corroe por dentro. Su mirada se cruza con la del doméstico. Puede que él no sea un esclavo pero no puede permitirse esos lujos. Eso le enfurece. Aprovecha una pausa en el monólogo de su jefe para despedirse. El Feliz Navidad es automático y carece de sentimiento.

El amo observa cómo el empleado se aleja.

—Dónde se ha visto un trabajador con zapatos de Rodrigo… —murmura el amo—. ¿No estaba siempre quejándose de la hipoteca? Si no fuera por las dichosas leyes de límite de esclavos…

El ceño fruncido no anticipa un buen futuro a la vuelta de las vacaciones. Sin embargo, el amo centra su atención en el pesado reloj de su muñeca. Los establecimientos están a punto de cerrar.

—¿Nos falta alguna compra?

El doméstico niega con la cabeza y el amo camina de vuelta al automóvil. Gruñe cuando el aparcacoches tarda más de dos minutos en traerlo y vuelve a gruñir cuando ve la factura del parking. También gruñe a su doméstico durante todo el viaje de vuelta. La razón es la presencia de un grupo de manifestantes a las puertas del centro comercial que enarbolan pancartas.

—Malditos fanáticos —gruñe el amo.

Libertad para los domésticos. Derechos humanos para todos. Son algunas de las consignas de los fanáticos.