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Cuando el olvido nos alcance

Cuando el olvido nos alcance

La apuesta era arriesgada. Imaginar un mundo sin memoria, ausente de odios y rencillas basadas en fenómenos históricos para construir una sociedad basada en el ahora. No hay pasado. Y el futuro será problema de otro. Como digo, Cuando el olvido nos alcance era una apuesta arriesgada. Y fracasa estrepitosamente.

Una gran idea no hace una gran novela

La idea es muy buena. Excepcional. La manipulación de las memoria es posible, y la sociedad ha aceptado que se hagan hackeos mentales con el fin de olvidar los recuerdos más dolorosos que impiden seguir adelante. Como la muerte de un ser querido. O un acontecimiento traumático. Con el tiempo, se fue germinando la idea de que eliminar el pasado (la Historia) era una buena idea con el fin de acabar con rencillas históricas y disputas.

Así que, pese a la oposición de algunos (como el movimiento de la Amapola), la gente fue olvidando el pasado y, conforme pasaban los años, todos los recuerdos del mundo antiguo quedaron olvidados.

Pero manipular la memoria funciona en dos sentidos. Y si es posible eliminar recuerdos también es posible implantar otros nuevos, lo que ha llevado al secuestro de personas para darles una nueva vida (chicas a las que se les implanta el recuerdo de una vida de prostitutas, principalmente). Los criminales campan así a sus anchas, aunque haya detectives que investigan las desapariciones (si su familia quiere recuperar a sus seres queridos, en lugar de ir al centro más cercano a que les borren el recuerdo de su hermana).

Una sociedad muy egoísta

Con esta actitud de borrar los malos recuerdos, el mundo sigue su curso. La organización de esta sociedad parece un poco caótica, al no haber gobiernos y todo estar regulado por la capacidad económica. Es una especie de anarcocapitalismo, pero sin corporaciones tomando control de la población. Sencillamente, se deja todo en manos de los habitantes. Y a ver qué sale de todo esto.

Esto da a una sociedad de clases, donde cada uno vive en función de sus recursos económicos y dispone de más o menos seguridad a medida que pague. Los protagonistas de la novela tienen distintos estatus económicos, lo que permite ver diversos aspectos de la sociedad, dejando clara la separación entre ricos y pobres. Nunca entre razas, eso llama la atención. No se hace apenas referencia a otras razas, menos aún en tono despectivo, por lo que lo únicos prejuicios son económicos. Aquí no hay racismo per se, solo te desprecian si eres pobre (se parece a nuestro mundo, no?).

Cuatro puntos de vista en primera persona

He aquí la apuesta arriesgada de la novela. Contar la historia en primera persona, desde cuatro puntos de vista diferentes. El choque inicial fue muy fuerte, porque requería la máxima atención del lector. Pero, poco a poco, te acostumbras y, conforme avanza la trama, te das cuenta de que era la elección lógica. Así que, punto a favor en este aspecto.

Necesita una corrección

Inicialmente, las faltas de ortografía eran garrafales. Ralentizaban la lectura y condicionaron parte de mi desagrado. Expresé esa opinión en Goodreads. El autor la leyó (sí, todos echamos un ojo a quién está leyendo nuestros libros) y se puso en contacto conmigo para decirme que tenía una versión corregida. Me la envió.

Es cierto que esa versión de Cuando el olvido nos alcance tenía menos errores ortográficos, pero seguían ahí. Parece que fue una corrección hecha por el autor. Si bien ahora esos errores no ralentizaban la lectura, sí hacían que me fijara en ellos de cuando en cuando.

Un mundo lleno de subnormales

Y he aquí mi gran y absoluto problema con esta novela. Todos y cada uno de los personajes secundarios y figurantes son subnormales. Ni para decorado de mala calidad sirven. Jamás me había encontrado con un mundo tan monótono y carente de vida. Los personajes no son planos, son piedras. Tienen una pasividad asombrosa ante todas las acciones de los protagonistas. Son obstáculos de pacotilla o, si son mujeres, juguetes sexuales.

¿Que un personaje está raptando a dos chicas? Nadie dice nada. ¿Una carga policial en una manifestación pacífica? Los manifestantes regresan tranquilamente a sus casas. ¿Que el amor de tu vida se ha borrado los recuerdos? No haces nada por recuperarla. ¿Una empresa sólida y respetable descubre la cura del cáncer? Decide regalarla porque sus accionistas entenderán el buen gesto. ¿Alguien viola a una prostituta en un burdel, luego agrede a un camarero en un restaurante de lujo e irrumpe en una zona residencial de fuertes medidas de seguridad para raptar a un millonario? Cuando los policías encuentran al criminal se dejan reducir, encerrar en un maletero y ejecutar como perros sin protestar ni hacer el más mínimo intento por escapar. No vaya a ser que interrumpan a los protagonistas.

Y así, toda la novela. Un mundo de subnormales. No hay el más mínimo rastro de comportamiento humano en ellos.

¿Recomiendo Cuando el olvido nos alcance?

Pues no. Más de uno me ha comentado alguna vez que en los blogs de reseñas los autopublicados suelen salir bien parados porque hay tendencia hacia el “positivismo” en nuestras reseñas. Puede ser cierto, pero eso se debe a que aceptamos leer y reseñar aquello que queremosCuando el olvido nos alcance tenía una buena premisa, mejor sinopsis y valoraciones positivas. Así que me adentré con ella y, una vez terminada, he aquí la reseña. Pero no me ha gustado nada y los últimos tramos los he leído a fuerza de voluntad, sabiendo que no me iba a gustar.

Ahora llega el lado positivo. Esta novela parece que ha gustado mucho en Amazon, donde tiene un ochenta por ciento de calificaciones de cinco estrellas. Así que se puede aplicar aquello de que la opinión es como el culo, todo el mundo tiene uno. En mi caso, la opinión que me ha dejado esta novela es muy mala. Mucho. Si tienes interés en leer Cuando el olvido nos alcance, adelante. Pero, por mi parte, no la recomendaré.

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Carlos Pérez Casas

Carlos Pérez Casas nació en Zaragoza en 1989. Máster en Historia Contemporánea por la Universidad de Zaragoza. Es profesor, escritor y corrector ortotipográfico. Autor de dos novelas (El Señor es mi pastor y El alguacil) y, por el momento, fiel participante de NaNoWriMo.

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